Vivimos en un mundo artificial: mi billetera tiene más plástico que cuero y los papelitos que guardo en ella (que años atrás eran tesoros invaluables y sobrepasaban al resto de contenidos de mi siempre vacía billetera -que eran la verdadera razón por la cual llevaba una-) han cedido su espacio a monedas de todo tamaño y forma y documentos sin los cuales 'es imposible salir de casa'.
El mundo que nos rodea está lleno de reglas, estándares y maneras de conducta; cómo hablar, cómo vestir, cómo pensar, cómo comer, cómo comportarse. Todo está cuidadosamente programado; somos los cuadraditos y cajoncitos que hacen que un diagrama de flujo sea funcional, mientras, inexorablemente, vamos todos perdiendo nuestra identidad: somos como un montón árboles japoneses, todos del mismo tamaño, en filas, como soldaditos clonados en los mismos estuches de colores. El mundo es un estándar donde la globalización (que Chomsky describe perfectamente como el tirano que hace del mundo un gran supermercado para que se asemeje cada vez más a una gran lata de desperdicios) hace del dinero algo global, del libre mercado algo normal y del comercio algo necesario. Sin embargo, y al mismo tiempo, el dinero -incapaz de escapar de la virtualidad que nos rodea- se ha convertido en algo intangible pero omnipresente y omnipotente (no me sorprende que Rubén Blades le haya dedicado una canción). Es la transustanciación bastarda del apetito por poder de una especie ultradepredadora: el ser humano.
Una gran proporción de la humanidad se deja manipular. ¡Cómo evitarlo! Si cada vez que abrimos nuestro e-mail recibimos millones de correos basura, propagandas, noticias, la última moda o los chismes de la farándula que constantemente nos andan moldeando a su antojo. Es posible que ni siquiera tengamos idea de tal o cual famoso/a o de tal o cual marca de reloj, coche, perfume o quién-sabe-qué-ocho-cuartos hasta que nos lo mencionan; el poder de la propaganda es enorme, ¡pero lo peor de todo es que da resultado!
Leemos acerca de un nuevo hotelito abierto en cierto lugar con vista al mar, las montañas o qué-sé-yo. Nos ponemos a investigar, nos mienten con beneficios, ventajas y nos ofrecen un pasaje gratuito de ida-y-vuelta a quién-sabe-dónde y en un
tris estamos de viaje a un lugar del que no teníamos ni la más remota idea.
Probamos
pesto por primera vez, nos parece extraño. Al cabo de un tiempo -y claro, la costumbre- se nos vuelve hábito y lo empezamos a consumir con cada vez más ganas. Ni siquiera nos importa la contaminación producida con semejante travesura. ¿De dónde viene el pesto? ¡Qué sé yo! Lo importante es que no falte en mi mesa. Y pensar que hace 10 años ni lo conocía; ¡cómo cambian las cosas con el tiempo!
Leo en un aviso de una tienda: 'todo lo que pueda comer y beber en dos horas'. Me pregunto, ¿tengo tiempo?, y sin pensarlo dos veces para decidir me apunto. Me las paso de romano alabando al dios Baco 'el más chupaco' y cuando tengo la caja llena me preocupa el haberme ganado mis kilitos y una jaqueca de primera al día siguiente. Por supuesto, y esto pasa cada vez, me consuelo diciéndome que nunca más he de comer o tomar, aún cuando sea esa la enésima vez que lo hago, a lo que añado 'de esa manera' para pretender ser más correcto. Otro simulacro con patas y culturas mojigatas.
Quiero probar comida de todas partes del mundo, encuentro un folleto que me las ofrece. Este es de Japón, me muestra tan sólo un plato por región, pero incluye a todo el país. Sólo son 79, me digo, y eso no incluye todas las variaciones. Agarro el teléfono, marco el número y me pongo a esperar mientras miro la caja estúpida que me arroja sombras de colores y ni me doy cuenta cuando he terminado mi 'comida'; y al cabo de unas horas, estoy sentado en el retrete. ¿Habrá servido de algo esa exageración?
El mundo está fuera de control. No hemos sido capaces de refrenar nuestros instintos -a pesar de jactarnos de ser
sapiens sapiens- y hemos dejado que las bestias que viven en nuestras entrañas se apoderen de nuestra voluntad y hemos dejado que las voluntades de algunos se aprovechen de nuestras voluntades en un círculo lastimoso y humillante.
Personalmente, creo que el ser humano es libre de elegir, pero debiera ser libre de hacerlo sin afectar a nadie ni a nada. El momento que ejerce el derecho de ser libre según leyes monetarias (como los condenados del libertarianismo que
Monbiot tan justamente critica y llama parásitos) deberían perder sus libertades por el simple hecho de afectar [con sus acciones] al resto de las libertades de las personas, animales, plantas, etc., existentes sobre la Tierra. El libre mercado no conoce caras, porque es virtual; no reconoce nacionalidades, porque es multinacional; no reconoce derechos, porque crea sus propios derechos al avanzar; no es natural, pues es industrial.
¿Tiene todo esto remedio? Muy a pesar de lo que muchos puedan pensar, yo sigo creyendo firmemente que existen muchas alternativas (aunque eso no nos garantice que a los poderosos esas alternativas les gustan, en realidad la mayoría de las veces no les gustan). Enumerarlas todas en este simple post es imposible. Sin embargo, leyendo a través de todo este modesto sitio, es posible hacerse a la idea de varias posibilidades. Creo que ahí está el meollo del asunto pues todo esto no sirve de nada si no va más allá que la simple alucinación de un loquito en progreso. Espero que al menos una persona pueda entenderlo, esa sería una gran diferencia y un aliciente sin medida posible.
Un ejercicio personal consiste en consumir racionalmente, sin desperdiciar, sin acumular evitando que así llegue a otros, pero sobre todo, respetando las libertades que tienen todos y cada uno de los componentes animados e inanimados del planeta. Es un desafío que no muchos estamos dispuestos a tomar pues 'mirarse a la cara en un espejo es una tarea nunca fácil pero siempre necesaria'. Todo está en nuestras manos.Foto: Imagen escaneada de un folleto que ofrece comida de todas las regiones de Japón. Se trata de una propaganda para incentivar a los comensales japoneses a ingerir comidas de todas las regiones de ese país de un solo tirón. Es necesario puntualizar que comer todo lo que se mueva, vuele, arrastre o nade, tenga o no patas, no es privativo de Japón, ni tampoco lo único que debe considerarse depredador. Tomarse un vinito italiano estando en las Islas Caimán también lo es. Vestir en EEUU unos zapatos Nike 'made in China' también lo es. Comer frutas afrodisíacas del lejano oriente en Bolivia también lo es. Comer naranjas filipinas en Alemania también lo es (estoy seguro de que el lector se da cuenta de las implicaciones que se sugieren).