"Así siempre son esos: nunca cuidan las cosas que no son de ellos."
El Mago, en 'Discusiones sobre el Taller'
Una de las frases más facilonas con las que autoridades bolivianas se enjugan la boca --aunque supongo que es lo mismo en otros países-- está en la repetición incesante de la necesidad de invertir más en la denominada 'industria sin chimeneas', el turismo. A veces, por como están planteadas esas ideas, uno podría pensar que cualquier sacrificio es bienvenido si se lo hace en aras de sacarle rédito a los dólares/euros/yenes de los potenciales visitantes de nuestro terruño. Nada malo, considerando que todos tenemos el derecho de circular e ir donde nuestros pies sean capaces de llevarnos y nuestras billeteras puedan costearse el disparate. Pero, y aquí radica el problema, ¿cómo hacer con el turismo depredador, ese que mueve millones de turistas sedientos de aventura, en millones de coches 4x4, consumiendo millones de litros de agua, generando millones de toneladas de basura?
Algunos reportes periodísticos relatan los estragos de practicar el turismo desmedido. Un ejemplo impresionante y lamentable es el de esa mítica --ahora cochina-- montaña: el Everest, donde los turistas, por millones, van dejando año tras año sus desechos regados por doquier con el único afán de 'conquistar la cima del mundo' y, por supuesto, jactarse del hecho tan ufanos como lo hace el adolescente que relata los recuerdos de una farra exagerada a sus amigos.Alguna vez mencioné al cochino Lago Titicaca con su multitud de hoteluchos contaminantes que funcionan 'sin chimeneas' pero con unos desagües infernales que hacen parecer a aquellas como límpidos manantiales de vida. Alguien me podría recordar la necesidad de no hacer generalizaciones, pero creo que, viendo tantas pruebas irrefutables de contaminación en el lago, es muy difícil no girar la cabeza hacia todos los tipos de industria que se generan en esa región y concluir que, en efecto, el Lago Titicaca está supercontaminado (lo que es también válido para cualquier otra región del mundo o patrimonio cultural o natural que haya sido depredado o vandalizado o contaminado por la industria o el turismo).
Es fácil estimar la capacidad destructiva que las hordas turísticas son capaces de provocar a, por ejemplo, los pisos de algún templo o las ruinas o patrimonios arqueológicos de la antigüedad. Para hacernos una idea de esto sólo basta con darnos una vuelta por algún edificio con alto tráfico de visitantes (no necesariamente turistas). En la UMSA, por ejemplo, basta ver el desgaste sufrido en las losas de las graderías provocados por el paso lastimero de sus estudiantes, docentes, visitantes. Los cantos de las gradas están tan rodados que algunos se han vuelto un peligro para aquellos distraídos que dan un paso en falso poniendo en peligro, con la caída, su vida misma. Imaginemos ahora el desgaste sufrido por monumentos, templos de la antigüedad o sitios arqueológicos que han sobrevivido el paso del tiempo por eones pero que, lastimosamente, han venido a encontrarse con nosotros, los habitantes de la moderna civilización industrial de turismo en masa y lluvia no precisamente vivificadora (el fenómeno de la lluvia ácida, por ejemplo, está ampliamente documentado y es bastante conocido desde hace bastante tiempo).

Creo que el principal problema del turismo está en que los viajeros no han podido comprender, de manera exhaustiva, la necesidad que tenemos como especie humana de preservar las verdaderas riquezas que existen en el planeta. No se puede comercializar con la naturaleza esperando que esta no sufra ninguna consecuencia. Creo que si entendemos que este planeta es nuestro hogar, si lo consideramos nuestra casa, seremos capaces de cuidarlo por ese simple hecho. Si viajamos a cualquier lugar, debemos entender que ese lugar sigue siendo parte de este planeta, que tiene un ecosistema adecuado a su localización geográfica y que debe ser preservado como tal. Debemos entender que los habitantes de la región que visitamos tienen costumbres que son adecuadas al lugar, que debemos respetarlas y que no debemos interferir con ellas. Como viajeros debemos ser responsables de nuestras acciones, de los desechos que generamos (idealmente sin generarlos por montones), del agua que consumimos (sin derrocharla ni contaminarla), sin perturbar la vida silvestre del lugar, sin traficar con ninguna especie, aún cuando sea un diminuto insecto, ni levantar cosas como memento o nostálgica razón, ni destruir el patrimonio histórico del lugar dejando 'recuerdos' marcados en sus estructuras. O, mejor aún, quizás debamos dejar de comportarnos como estereotípicos turistas, y en lugar de sacarnos fotos con los monumentos famosos del lugar disfrutemos de ellos, observémoslos, aprendamos de ellos. No los convirtamos en absurdos objetos de ostentación ni trivialicemos su valor histórico o natural.
Dejemos de ser turistas y seamos verdaderos seres humanos conscientes de que vivimos en una misma casa, que somos diferentes pero que tenemos iguales valores. Es más, borremos las fronteras, reales e imaginarias, eliminemos las diferencias y de una buena vez entendamos que todos somos iguales en derechos, obligaciones y necesidades. Que las plantas, los animales y nosotros nos necesitamos mutuamente, que preservar ese equilibrio es importante y necesario. Entendamos que nuestras acciones tienen siempre un efecto en el resto de sistemas componentes de este planeta y que sólo nosotros tenemos el poder necesario para preservarlos y mantenerlos saludables.
Nota. Este post estaba programado para hace algún tiempo, pero lo retrasé por diversas razones. Lo puse ahora coincidentemente con lo que algunas agencias ecoterroristas de viaje están haciendo en La Paz: promoviendo turismo de aventura en el Parque Madidi, ¡con cacería incluída! Estoy trabajando en la información al respecto para poder desenmascarar a esa gentuza.
Fotos: CC







