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viernes, 13 de febrero de 2009

5000 hectáreas

El control del agua y de la tierra del planeta ha desatado una carrera tan riesgosa como el armamentismo. Los países de las grandes finanzas establecen hoy colonias en los países con tierras fértiles y recursos hídricos, pero no para salvar del hambre a la humanidad sino para anticipar futuros negocios y guerras.

Según Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, Corea del Sur, primer comprador mundial, ha comprado 2.3 millones de hectáreas, seguido por China, con 2.09 millones, Arabia Saudita con 1,61 millones, los Emiratos Árabes Unidos con 1,28 millones y Japón con 324.000 hectáreas. Los países que buscan para establecer sus colonias poseen tierras fértiles y pocos habitantes; es fácil corromper a sus gobernantes y conseguir privilegios que restringen la soberanía nacional en esos territorios.

Los Emiratos Árabes controlan casi un millón de hectáreas en Pakistán y han puesto la mira en Kasajstan; Libia compró 250.000 hectáreas en Ucrania; el grupo saudita Binladin, la familia de Osama del mismo apellido, tiene territorios en Indonesia; Jordania produce comestibles en Sudán y Egipto tiene 850.000 hectáreas en Uganda. China es un comprador compulsivo porque tiene sólo el 7% de tierras fértiles del planeta y 1.400 millones de habitantes, por eso compró tierras en Australia, Kasajstán, Laos, México, Brasil, Surinam y África; allí lleva a sus propios asalariados que ganan menos de 40 euros al mes, al margen de las leyes laborales de cada país.

Por supuesto que en esta carrera las corporaciones privadas llevan la delantera, como el grupo Daewoo Logistics, que alquiló 1,3 millones de hectáreas a Madagascar, que significan la mitad de las tierras cultivables de esa isla. Benetton tiene casi un millón de hectáreas para producir lana fuera de Italia; el grupo agroindustrial francés Louis Dreyfus tiene decenas de miles de hectáreas en Brasil; y Argentina ha vendido 21.000 hectáreas para cría de ganado a Corea del Sur, país que controla una superficie superior a la totalidad de sus propias tierras fértiles.

Hablamos de negocios, es decir, de una nueva política colonial para saquear los recursos naturales de los países pobres y controlar sus recursos hídricos sin beneficio local alguno. Por eso algunos países, como el Paraguay, prohíben vender parcelas a extranjeros.

En esa lógica, los bolivianos han aprobado como extensión máxima de tierras las 5.000 hectáreas, colocándose a la vanguardia de los países que luchan contra la carrera mundial contra la compra de tierras. Esta es la lógica de la nueva Constitución y del referéndum consiguiente.

El latifundio está ligado al abuso del poder, a las oligarquías, a las mafias, al nepotismo, al tráfico de influencias, al cohecho, al soborno, a la muñeca, a la coima, a la compra de conciencias. El latifundio está orgánicamente ligado a la corrupción, a las dictaduras, a la extrema derecha o al derrumbe moral de la izquierda. Los bolivianos sabemos qué es el latifundio y por eso lo hemos rechazado de forma contundente. Ocho de cada diez bolivianos han votado contra él.

Ramón Rocha Monroy

lunes, 22 de septiembre de 2008

Vuelve el perro arrepentido

El neoliberalismo quiso meternos una verdad sin discusión: ya se sabe que el Estado es un mal administrador. En contraste habría que preguntarse qué tan buen administrador es el Mercado, pues en tres décadas de hegemonía, los agentes mercantiles y de finanzas sólo fabricaron la peor crisis mundial desde el crack de 1929.

La afirmación no es un eco de lo que dice Hugo Chávez o Evo Morales; simplemente repite los duros reproches que hacen los periodistas occidentales contra sus banqueros. El periodista inglés Mark Steel, publicó en el diario inglés The Independent un comentario titulado "Financistas en ruinas piden el socorro público" (17 de septiembre).

Steel dice: "Hemos tenido treinta años de banqueros y financistas insondablemente ricos que eran justificados como parte del libre mercado. De manera que se jactaban: "Acabo de recibir mis dividendos del verano y gasté parte de ellos en una pequeña nación africana que incendié para divertirme", o iban a restaurantes que cobraban mil libras por comidas tales como espárragos hervidos en lágrimas de pandas o compraban automóviles que funcionaban con diamantes líquidos y todo eso era una prueba de que vivíamos en una sociedad libre en la que nos pagaban lo que valíamos y no podíamos confiar en dávidas del Estado. Luego cuando la mentira se cae a pedazos, van directamente al gobierno chillando: "Una dádiva del Estado, por favor, nuestro banco ha quebrado".

Son como estudiantes malcriados que buscan a sus padres para que les den más dinero porque han gastado la suma del año en una semana. Pero este gobierno sensiblero (el gobierno inglés) dirá: "Ya recibieron cincuenta mil millones de libras, ¿qué han hecho con ellas? Bueno, está bien, acá hay otros cincuenta mil millones que estábamos reservando para aparatos de diálisis, pero esta vez tengan cuidado".

El neoliberalismo fue un invento sumamente ingenioso del capitalismo: unos cuantos que crearon esta mentira se hicieron inmensamente ricos, mientras los políticos y economistas neoliberales jamás escucharon a los cientos de analistas que dijeron que el neoliberalismo iba a acabar en esta crisis.

Steel dice: "No pueden seguir gastando más de lo que ganan. No podemos permitir que aquellos que no se pueden sostener por sí solos vivan a costa del Estado".

En los Estados Unidos, el Presidente Bush pidió al Congreso un soporte financiero de un billón de dólares para la banca privada estadunidense que representa tres veces el PIB de Argentina (350.000 millones de dólares, ¡y cuántas veces más nuestro PIB!). ¿Pero quiénes pagarán la ayuda? ¡Los contribuyentes! ¡Entre ellos, 2 millones de personas que no pudieron pagar sus hipotecas por la crisis y perdieron las viviendas que compraron! El nuevo paquete será financiado con la emisión de títulos del Tesoro que adquirirán los inversores del Planeta, convertidos en acreedores del Tesoro norteamericano.

Alfredo Zaiat, del diario argentino Página 12, habla de "la caída del Muro de Wall Street", anunciando las mismas consecuencias devastadoras para las economías capitalistas que tuvo la caída del Muro de Berlín para las economías socialistas.

Zaiat dice: "Esta semana el mundo ha empezado a vivir un acontecimiento histórico similar a partir de la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers y la compañía de seguros AIG: la caída del Muro de Wall Street.

"Los golpes que van destrozando cada uno de esos ladrillos son el símbolo del fin de una época y el comienzo de una era hoy desconocida. Fueron casi 40 años de mercados financieros cada vez más desregulados, con entes de control públicos colonizados por los banqueros, libre movimiento de capitales especulativos y desarrollo de sofisticados instrumentos financieros que intensificaron el frenesí del casino global. Los gobiernos perdieron el control del sector financiero de la economía. Los dueños de las entidades, ejecutivos, analistas y operadores de esos mercados percibían ingresos obscenos, constituyéndose en una casta privilegiada durante estos años de dominio del mundo financiero sobre la economía real. Semejante poder terminó condicionando a las autoridades democráticas definiendo la lógica de funcionamiento general de las potencias, como en Gran Bretaña, donde la "industria financiera" representa el 30 por ciento de su economía.

"La caída del Muro de Wall Street provocará un perturbador conflicto existencial a esos protagonistas parecido al vivido por los militantes comunistas con el hundimiento de la URSS. Ese mundo del dinero fácil, ideas del liberalismo mágico, estilo de vida, teorías y postulados se ha pulverizado. Se han quedado sin un faro en la vida. Serán patrullas perdidas del sistema capitalista con predominio de las finanzas que está acabado."

Zaiat señala a los analistas neoliberales que pululan en los medios y que tienen intervenciones cada vez más patéticas: "Sus ideas presentadas como verdades absolutas durante décadas en relación con la concepción celestial del mercado libre, de la administración del riesgo, de la dispersión del capital y eficiencia de la actividad financiera son un fiasco a nivel global. Hasta se quedaron sin el argumento final de su fundamentalismo acerca de que eran los agentes sociales (políticos, sindicatos) la razón de la debilidad permanente de la economía. El estallido se ha producido en el corazón del capitalismo financiero y la respuesta desesperada del líder extremista del laisser faire fue una intervención impresionante del Estado."

Al hablar del origen de la crisis, Zaiat dice que su raíz "se remonta a comienzos de la década del setenta. El mundo de las finanzas internacionales comenzó a cambiar a partir del 15 de agosto de 1971. Ese día el presidente republicano Richard Nixon ordenó suspender la compraventa de oro decretando la inconvertibilidad del dólar con ese metal precioso, con el objetivo de poder emitir sin restricciones para cubrir sus desequilibrios externos, al tiempo de intentar la defensa del dólar como moneda internacional, como explicó Susanne de Brunhoff en su didáctico libro La política monetaria, publicado en 1973. Ese fue el inicio del final del sistema que desde la Segunda Guerra Mundial los países desarrollados habían utilizado para administrar las finanzas y el comercio global (Bretton Woods). Uno de los aspectos fundamentales de ese esquema era que la relación entre las paridades cambiarias de esas naciones estaba fija en dólares, y que el valor del dólar estaba respaldado por el oro a una cotización -garantizada por el Tesoro de Estados Unidos- de 35 dólares la onza. Esto provocó el descalabro del mercado de cambios y luego de intentar sin éxito volver a definir tipos de cambio fijos, en julio de 1972 se permitió que la libra esterlina flotara contra el dólar y luego le siguieron Japón con el yen y el resto de las potencias europeas con sus respectivas monedas. Antes de esa medida de Nixon, el tipo de cambio fijo estaba defendido por fuertes controles del flujo de capital entre países, y también estaban muy controlados los mercados financieros domésticos.

"La inconvertibilidad del dólar fue la puerta que se abrió para desregular los flujos internacionales de capital debido a la necesidad que tenían las empresas y bancos de cubrirse por las fluctuaciones de las tasas de cambio de las monedas. Fue el mordisco a la manzana del pecado. Las firmas que negociaban en los mercados extranjeros presionaban para poder diversificar su cartera de activos para reducir riesgos. La idea era que tenían que operar en divisas y activos financieros en transacciones inmediatas y a futuro en función de la percepción del riesgo que implicaba la fluctuación de los tipos de cambio. Desde entonces se empezó a desarrollar en forma vertiginosa la "industria financiera", con la creación de instrumentos
sofisticados que requerían una cada vez mayor desregulación de los mercados, apertura de los sistemas bancarios y liberación al movimiento de capitales.

Se fue construyendo así el casino global donde la administración del riesgo fue transferida desde el Estado al sector privado. Esa liberalización internacional ha exacerbado la volatilidad del mercado y aumentado
enormemente el peligro de contagio. Es lo que se vivió en la región durante la década del noventa y, por fortuna, mal que le pese a la secta de brujos nativos, el tránsito a contramano del Consenso de Washington les permite a esos países tener mejores defensas para enfrentar el actual crac de Estados
Unidos y Europa.

"Ese orden financiero global ha estallado con la burbuja inmobiliaria y los créditos "subprime" en Estados Unidos, activos que alcanzaron el estadio final de la sofisticación de instrumentos financieros desregulados."

¿Qué vendrá ahora? Zaiat dice: "Ya nada será igual, aunque todavía no se vislumbra el modelo que lo sustituirá. Otra forma de regulación del sistema capitalista emergerá luego de la caída del Muro de Wall Street... fundamentalmente porque el eje del poder hegemónico global pasará a estar compartido con nuevas potencias en crecimiento."

Ramón Rocha Monroy

lunes, 18 de agosto de 2008

¿De quién es el país?

Cuando uno dice: El país de Neruda, todos sabemos que se trata de Chile; si decimos: El país de Rubén Darío, hablamos de Nicaragua; si decimos: El país de García Márquez, hablamos de Colombia. Incluso si decimos El país del Quijote, hablamos de España.

La pregunta del millón es de quién siempre es nuestro país; en otras palabras, si en casi dos siglos de vida republicana hemos tenido una personalidad tan nítida que nos sirva de patronímico.

Tengo una anécdota triste sobre el tema: cierta vez hizo una visita oficial a Bolivia el Presidente de México Carlos Salinas de Gortari. Como nada se improvisa en estos casos, leyó un discurso escrito y revisado por la Cancillería de su país que luego fue repartido en folleto. Pues bien, para congraciarse usando una cita boliviana, repitió una sentencia de Franz Tamayo; sólo que cambió sustancialmente el augusto nombre de nuestro poeta y dijo: Fray Tamayo. ¡Le puso hábito de fraile al gran pensador aymara!

Esto nos muestra que quizá todos los bolivianos sepamos quién era Franz Tamayo, aunque sus obras no sean muy leídas y poco editadas; pero en el continente, el gran Tamayo ni siquiera es conocido.

Los poetas y críticos literarios dirían que somos el País de Saenz, pero espoco probable que la gente común del planeta identifique a Bolivia con ese nombre.

Alguna vez lamenté que no nos llamáramos República de Potosí, pues el nombre del Cerro Rico y de la Villa Imperial figura en todos los libros de cuentas de los comerciantes y banqueros de Europa desde el siglo XVII y, por supuesto, en las memorias de las casas reales. No en vano se acuñó por entonces una exclamación generalizada: Vale un Potosí. Quizá seríamos entonces El País de Arzanz, en homenaje al autor de la Historia de la Villa Imperial, pero sin ninguna seguridad de ser reconocidos.

Admitamos, pues, que no hay artista ni literato que sirva para identificarnos. Incluso es posible que veneremos la memoria de Andrés de Santa Cruz o la de Víctor Paz Estenssoro, nuestros presidentes egregios. Pero el mundo tendrá dudas de identificarnos como El País de Santa Cruz o el País de Paz Estenssoro.

Veamos las cosas desde otro ángulo. Carlos Montenegro, acaso el más grande prosista de la literatura boliviana, divide su ensayo "Nacionalismo y Coloniaje" en capítulos que titulan: epopeya, drama, comedia, novela. Como si se refiriera al tiempo que vivimos, Montenegro escribe: "Este retorno a la realidad pone fin a la etapa histórica de la comedia... Nuestra historia adquiere un poder de ilusión realizable, que no es ensueño sino ansia de superación afirmativas, y se desarrolla con el proceso coordinado y angustioso -tal es su humanidad-de un argumento novelesco, sin romper la concordancia cosmológica preestablecida entre el hombre y su medio. La inspiración central de este nuevo acontecer es también idéntica a la de la novela. De suyo, ella es un anhelo de realizaciones existenciales, "la persecución de otra vida" -como Caillois ha llamado al impulso creador de la obra novelesca... Las tendencias del alma popular contemporánea -rebeldía, inconformismo con lo vigente, ansia de imperar en el futuro-son señales de ese sentido vitalista que pugna por autenticarse... La novela, como la historia, es una realización existencial que convierte en posibles los ensueños, arraigándolos en la entraña de lo viviente... Todavía confusa, la aspiración boliviana de nuestro tiempo se muestra resuelta a cumplir ese destino... Una inmensa mayoría del pueblo ha reocupado la vieja posición del sentimiento de la nacionalidad frente a la de la tendencia colonialista, que tampoco ha desaparecido... Jamás tuvo la República otra noción de su existencia que la de la pelea. Por eso vivió con el nombre de patria, más gloriosamente que nunca, en la edad de los guerrilleros, cuando no pasaba un día sin matar y sin morir por la independencia del pueblo nativo."

Pero esa epopeya colectiva tiene un héroe. Un héroe que no nació en pañales de seda ni en clínica privada, sino en una choza de un ayllu de un cantón de una provincia perdida. Un héroe que no tiene abolengo ni apellido de casada, aunque algunos señoritos sonrían con irónica complicidad y lo apelliden De mierda, y algunos desalmados lo apelliden Cabrón y La puta madre que te parió, aunque su madre haya sido tan pobre que ni siquiera pudo permitirse ser otra cosa que una santa. Un héroe que no tiene títulos universitarios ni maestrías en el exterior, que no es PHD ni HDP, que no huele a after shave exclusivo ni a desodorante de galán, que huele más bien a multitudes, a ayllu, a tribu, a tierra, a monte, a sayaña, a pegujal, a cato de coca, a subsuelo, a socavón, a Pachamama. Un héroe que huele a sudor, a ojotas, a tambo, a banda de música; que no tiene grado superior sino de soldado raso, de dragoneante, cuando más, de cabo; que no tiene premios literarios ni probablemente haya escrito nada, aunque es, a todas luces, el héroe de esta novela. Los medios del mundo, los políticos del mundo, los ciudadanos del mundo saben quién es. Ustedes saben quién es.

Ramón Rocha Monroy