lunes, 17 de diciembre de 2007

¿La pelota tonta?


Hace ya muchos años, cuando era mucho más joven, solía salir a la calle y encontrarme con mis amigos para jugar fútbol, usando dos piedras grandotas para marcar los arcos y unas pelotas de lo más extrañas. Algunos de mis amigos, más platudos que yo, eran los que proveían del instrumento necesario, el balón, para poder hacer el deporte en cuestión. No faltaban aquellos como mi cuate Martín, con sus pelotas nuevitas que nunca quería usar y siempre terminaban extraviadas (o robadas) cuando frecuentaba a sus amigos más mayores; nunca le importó ya que su padre trabajaba en una compañía alemana que le permitía tener televisión a colores e ir al cine para ver la Guerra de las Galaxias en directo. Aún así solíamos jugar buenos partidos de fútbol en la zona, entre todos, y en nuestra cancha: la calle del barrio. Claro, nuestra cancha era cualquier lugar donde hubiera un poco de espacio para poder patear a la redonda, que la mayoría de las veces era un bulto de trapo envuelto en goma, o alguna extraña pelota de cuero marrón, sucia y llena de chichones. Nunca supe de donde aparecían, lo único que sabía era que no eran mías.
Después de un tiempo, apareció un álbum de figuritas de presidentes. Me empeñé en coleccionarlas porque decían que al terminar de llenar los cromos te premiaban con una flamante pelota de fútbol, una número cinco, oficial. Eso decían. Así que, me puse a coleccionar diligentemente las figuritas y, después de no sé cuánto tiempo, pude terminar el álbum ese y recibir mi flamante pelota oficial de cuero badana. Era la mejor pelota que había tenido (hasta que mi Pa, el Mago del Metal, pudo comprarme una de verdad). La puse al suelo inmediatamente e hice algunas piruetas con ella como equivalente del pellízcame futbolero. Esa noche la limpié cuidadosamente y me fui a la cama contemplándola. Al día siguiente, domingo, la estrenamos oficialmente en un partido; todo fue de maravillas hasta que en medio de la confusión la pateamos demasiado fuerte y fue a parar a las manos de mi abuela, atravesando la pared por lo alto y luego de rebotar en su cabeza. Sin el menor remordimiento ella agarró la pelota, sacó un gancho que llevaba prendido en su manta y atravesó la pelota con su punta afilada... y así, sin más, se nos acabó el domingo y la diversión. Mi pelota no era tonta, pero nunca se hubiera podido imaginar semejante destino.
Las pelotas de hoy en día se pueden jactar de que son inteligentes, como las de la FIFA, que llevan chips y todo; tienen colores inventados y muchos diseños de grandes diseñadores y de grandes corporaciones. Pero hay cosas de las que estoy completamente seguro, los partidos de fútbol eran mucho más divertidos antaño, no habían diferencias entre ricos o pobres, no habían limitaciones sobre dónde jugar, o incluso las condiciones del terreno. Nadie reclamaba más de la cuenta por un gol marcado de manera ilegal, no existían los penales a no ser que algún jugador (que no era el arquero) tocara la redonda con las manos; no existían los tiros de meta y al final todos nos íbamos juntos a tomar un refresco en la tienda de la esquina. Quizás nuestras pelotas no hayan sido tan inteligentes como las de la FIFA, pero creo que nunca nos quejamos de ellas como lo hacen nuestros jugadores modernos, lo cual es una pena y una verdadera vergüenza para el fútbol como el que se solía jugar antes de inventar las excusas actuales. Ahora todo está limitado a seguir haciendo simulacros de buen fútbol en lugar del deporte como debe ser.

Foto: ABI

1 comentario:

Mauricio dijo...

Yo jugué primero con tapas de desodorante. Luego subimos de nivel y jugábamos con unas pelotas de papel periódico forradas de medias viejas (las hacía mi papá). Casi llegando a tener 10 años recien, mis amigos y yo conocimos una pelota de cuero. Buenos recuerdos de juegos miraflorinos ;)

Saludos y felices fiestas :)